La repatriación de argentinos desde la mirada de un trabajador y delegado de la Cancillería

Pensar en el otro es un deber del Estado

Un trabajador de la Cancillería Argentina cuenta su experiencia como integrante del operativo de Cascos Blancos en la recepción de los vuelos de repatriación de argentinos en Ezeiza.

La cuarentena ya era una realidad que cursaba su día 9, las calles tal cual las conocía parecían entregar aquellas postales de los amaneceres de la juventud. Negocios cerrados, contadas personas caminando sin destino y calles huérfanas de autos, pero con el sol iluminando desde lo más alto del cielo. El subte casi vacío fue el escenario de la primera puesta de alcohol en gel, allí revisé por primera vez la hora y el destino del viaje, la Cancillería Argentina.

Entrar un lunes a un Ministerio vacío no era el recuerdo que guardaba en mi mente hasta hacía unas semanas atrás. El ingreso, la toma de fiebre de rigor y el paso por el local gremial a ATE para cumplir mi tarea de delegado.  La cita estaba asignada a las 18 en la oficina de Cascos Blancos con destino al Aeropuerto Internacional de Ezeiza y el objetivo era asistir a la repatriación de argentinos desde el exterior.

Amigarse con la camioneta que nos llevaría hacia allí fue el primer escollo a sortear, el segundo fue la primera posta policial parapetada en la autopista.  Carriles de la derecha para transporte pesado, carril del medio para particulares y carril izquierdo para personal de salud y las instituciones que íbamos a hacer operativos a Ezeiza. Los cuatro representantes de la Comisión de Cascos Blancos llegamos a aeropuerto en una soledad llamativa durante el último tramo de la autopista, justo cuando comenzaba a caer la noche y el frío se hacía sentir.

Terminal A completamente vacía, miembros de la PSA que nos conducen a la sala 880 donde teníamos que realizar el trabajo y el reparto de los barbijos de alta protección, los guantes de latex y el alcohol como armas para combatirle al virus. El detector de metales nos despojó temporalmente de celulares, cinturones y todo objeto que lo hiciera sonar.

Al llegar a la sala 880 tenemos el primer contacto con los argentinos repatriados, con una mezcla de cansancio y alegría por pisar suelo patrio.  La labor que nos dispusimos a realizar era concientizar sobre la sanitización y la importancia de realizar la cuarentena obligatoria, junto con orientar y ayudar a bajar las ansiedades por el viaje, la espera y todas las dudas que ingresaron apenas se abrió la puerta del avión.

Durante la espera hacia sus destinos, las y los pasajeros tenían tiempo para contar historias y sacarse dudas. Entre la marea de personas,  se podían escuchar preguntas como la cantidad de días que debían esperar en el aeropuerto antes que pudieran salir para cumplir la cuarentena, o quienes se interesaban por las motivaciones que teníamos los voluntarios para abandonar la tranquilidad de nuestras casas para ponerle el cuerpo a dicho operativo.

Correteando entre la gente y sin respetar demasiado el distanciamiento se encontraba Lupe, una chiquita de dos años totalmente ajena a los sentimientos colectivos que se respiraban.  Ella solo tendía a correr y tropezarse cada 5 o 6 metros y cada vez que sus manos tocaban el piso, volvía hacia nuestros lugares buscando una nueva sanitización con alcohol.  Sus aventuras no solo arrancaron risas en el lugar, sino hasta algunos aplausos cada vez que mostraba nuevamente sus manos desinfectadas.

La jornada se terminó cuando el último pasajero pasó a la zona de aduana para hacer los trámites correspondientes y emprender el destino donde realizarían la cuarentena por lo siguientes 14 días.  Fue en ese momento donde realizamos la sanitización del grupo, descartamos los elementos que nos protegían y abandonamos un hall de entrada donde pudimos reconocer a muchos de los que estuvimos asistiendo minutos atrás.

Esta historia se repite todos los días gracias a cientos de trabajadores y trabajadoras de un Estado presente.  Trabajadorxs de la Cancillería Argentina, delegados gremiales, policía de seguridad aeroportuaria, personal de Aerolíneas Argentinas, Ministerio de Salud, Ministerio de Transporte, los gobiernos provinciales, policías federales y de la provincia de Buenos Aires.  Todos juntos y mancomunados en un Aeropuerto para recibir y darle la mejor de las bienvenidas a los argentinos que la pandemia sorprendió fuera de la Argentina. Tras cuatro años de resistencia desde ATE Cancillería o cualesquiera de las representaciones que lucharon por un Estado inclusivo, solidario y orgulloso de ser estatal. Siempre pensando en el prójimo, porque pensar en el otro es una de las funciones básicas del Estado.

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